23 | 09 | 2017

 Efraín Huerta, uno de los grandes poetas de México, militante en su día del Partido Comunista, participante activo de la causa antifascista y de la solidaridad con la URSS, que nació el 18 de Junio de 1914 y del que se cumple hoy su centenario, en el silencio oficial, en tanto se ensalzó al agorero Octavio Paz, excomunista, anticomunista y vocero del “fin de la historia”. Estos dos poemas son significativos de su obra: en respuesta a la represión de 1968 y antes en respaldo a la defensa de Stalingrado, comprendiendo, como los comunistas de la época, que ahí se decidía el destino de la humanidad.

 

¡Mi País, Oh mi País!

Por Efraín Huerta..

 

 

Descenderá al sepulcro vuestra soberbia. Y echados seréis de él como troncos abominables, vestidos de muertos pasados a cuchillo, que descendieron al fondo de la sepultura. Y no seréis contados con ellos en la sepultura: porque destruisteis vuestra tierra, y arrasasteis vuestro pueblo. No será nombrada para siempre la simiente de los malignos.

Libro del profeta Isaías

 

 

Ardiente, amado, hambriento, desolado,
bello como la dura, la sagrada blasfemia;
país de oro y limosna, país y paraíso,
país-infierno, país de policías.
Largo río de llanto, ancha mar dolorosa,
república de ángeles, patria perdida.
País mío, nuestro, de todos y de nadie.
Adoro tu miseria de templo demolido
y la montaña de silencio que te mata.
Veo correr noches, morir los días, agonizar las tardes.
Morirse todo de terror y de angustia.
Porque ha vuelto a correr la sangre de los buenos
y las cárceles y las prisiones militares son para ellos.
Porque la sombra de los malignos es espesa y amarga
y hay miedo en los ojos y nadie habla
y nadie escribe y nadie quiere saber nada de nada,
porque el plomo de la mentira cae, hirviendo,
sobre el cuerpo del pueblo perseguido.
Porque hay engaño y miseria
y el territorio es un áspero edén de muerte cuartelaria.
Porque al granadero lo visten'
de azul de funeraria y lo arrojan
lleno de asco y alcohol
contra el maestro, el petrolero, el ferroviario,
y así mutilan la esperanza
y le cortan el corazón y la palabra al hombre―
y la voz oficial, agria de hipocresía,
proclama que primero es el orden
y la sucia consigna la repiten
los micos de la Prensa,
los perros voz-de-su-amo de la televisión,
el asno en su curul,
el león y el rotario,
las secretarias y ujieres del Procurador
y el poeta callado en su muro de adobe,
mientras la dulce patria temblorosa
cae vencida en la calle y en la fábrica.
Este es el panorama:
Botas, culatas, bayonetas, gases ...
¡Viva la libertad!

Buenavista, Nonoalco, Pantaco, Veracruz…
todo el país amortajado, todo,
todo el país envilecido,
todo eso, hermanos míos,
¿no vale mil millones de dólares en préstamo?
¡Gracias, Becerro de oro! ¡Gracias, FBI!
¡Gracias, mil gracias, Dear Mister President!
Gracias, honorables banqueros, honestos industriales,
generosos monopolistas, dulces especuladores;
gracias, laboriosos latifundistas,
mil veces gracias, gloriosos vendepatrias,
gracias, gente de orden.
Demos gracias a todos
y rompamos
con un coro solemne de gracia y gratitud
el silencio espectral que todo lo mancilla.
¡Oh país mexicano, país mío y de nadie!
Pobre país de pobres. Pobre país de ricos.
¡Siempre más y más pobres!
¡Siempre menos, es cierto,
pero siempre más ricos!
Amoroso, anhelado, miserable, opulento,
país que no contesta, país de duelo.
Un niño que interroga parece un niño muerto.
Luego la madre pregunta por su hijo
y la respuesta es un mandato de aprehensión.
En los periódicos vemos bellas fotografías
de mujeres apaleadas y hombres nacidos en México
que sangran y su sangre
es la sangre de nuestra maldita conciencia
y de nuestra cobardía.
Y no hay respuesta nunca para nadie
porque todo se ha hundido en un dorado mar de
dólares
y la patria deja de serlo
y la gente sueña en conjuras y conspiraciones
y la verdad es un sepulcro.
La verdad la detentan los secuestradores,
la verdad es el fantasma podrido de MacCarthy
y la jauría de turbios, torpes y mariguanos inquisidores
de huaraches;
la verdad está en los asquerosos hocicos de los cazadores
de brujas.

¡La grande y pura verdad patria la poseen,
oh país, país mío, los esbirros,
los soldadones, los delatores y los espías!
No, no, no. La verdad no es la dulce espiga
sino el nauseabundo coctel de barras y de estrellas.
La verdad, entonces, es una democracia nazi
en la que todo sufre, suda y se avergüenza.
Porque mañana, hoy mismo,
el padre denunciará al hijo
y el hijo denunciará a su padre y a sus hermanos.
Porque pensar que algo no es cierto
o que un boletín del gobierno
puede ser falso
querrá decir que uno es comunista
y entonces vendrán las botas de la Gestapo criolla,
vendrán los gases, los insultos,
las vejaciones y las calumnias
y todos dejaremos de ser menos que polvo,
mucho menos que aire o que ceniza,
porque todos habremos descendido
al fondo de la nada,
muertos sin ataúd,
soñando el sueño inmenso
de una patria sin crímenes,
y arderemos, impíos y despiadados,
tal vez rodeados de banderas y laureles,
tal vez, lo más seguro,
bajo la negra niebla
de las más negras maldiciones…

 


¡STALINGRADO EN PIE!

Por Efraín Huerta..

El Volga, atrás, en ruinas,
desatada ceniza y turbia plenitud.
El padre río cansado, aniquilado,
el padre río con sangre,
el dulce padre río con los hombros heridos,
con los hombros, aún, sosteniendo ese fiero
ir y venir de muerte,
sosteniendo la estrella,
sosteniendo en sus manos el frío llanto
y la brutal congoja.

El Volga, atrás, en ruinas.

Pero enfrente, y en mármoles perfectos creciendo como estatuas,
los soldados soviéticos disparan;
disparan resistiendo, grises árboles,
disparan resistiendo, por los siglos,
por los siglos y las luces del Hombre
y el fresco y puro laurel del 17.

El Volga, atrás, en ruinas.

El Volga eterno, desde Stalin, 
que es decir desde siempre:
desde ventanas rotas, desde el puño de un obrero del torno,
desde la pupila de un niño, desde el seno febril,
desde todos los sitios, desde el mundo,
¡Stalingrado en pie! ¡Stalingrado en pie!
¡El ametralladorista! ¡El muchacho del tanque!
¡Artilleros soviéticos! ¡Comandantes soviéticos!
¡Pilotos de la estrella del triunfo, aviadores, hermanos!
¡Stalingrado en pie!
Y este río Volga, sí, a todo trance
enseña la tarea, el cumplir una orden, seguir una consigna,
¡una consigna de oro, Mariscal Timoshenko!

A todo trance, allí, la  gran tarea está en pie:
con el humo y el fuego, con las vísceras rotas
y los adolescentes destrozados.

Y el ancho,
el noble, el amargo río Volga se estremece,
gigantesco y en ruinas repitiendo la orden:

--Pues todo aquí es sagrado, sabedlo: ardientes hombres de
las filas, decididos francotiradores, certeros ametralladoristas,
puntuales artilleros, audaces tanquistas, bravos pilotos, heroicos
encargados de morteros, sabios comandantes del Ejército Rojo,
hombres y mujeres de las guerrillas. Convirtamos el año 1942
en un año de la derrota final de los ejércitos fascistas alemanes.

Y la orden repetida de otros labios hunde sus tibias garras
en las regiones ribereñas del río terrible,
del río recuerdo,
del río padre de Stalingrado.

¡Y Stalingrado en pie!

Oh tus manos metálicas, ciudad maravillosa: hacia Moscú,
hacia Sebastopol, Odesa y Kiev
y hacia las heladas y crispantes 
márgenes del Lago Ladoga;
de un punto a otro del mancillado territorio soviético, tus
manos,
tus manos donde la sangre vertida ha puesto recias flores,
tus manos donde la victoria es una sinfonía desesperada,
tus manos, acerada ciudad, donde nos has tenido
y donde cada hombre con luz, cada mujer con lágrimas 
y niño con sonrisas se están mirando.

Y así estamos mirándote, brillantemente erguida, 
ciudad montaña, ciudad hija del río,
hija de nuestra angustia y nuestra fe.

¡Stalingrado siempre!
¡Stalingrado en pie!

Que un solo grito atruene la inmensidad del mundo:
¡STALINGRADO EN PIE!


Septiembre de 1942

 

 

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