02 | 07 | 2022

La izquierda y el movimiento social en México.

Federico Piña Arce

Célula José Revueltas del PCM

La hegemonía del capital monopolista.

La hegemonía del capital sobre las organizaciones sociales y los movimientos de los trabajadores ha cobrado nuevas formas. Las transformaciones del capitalismo, es decir la imposición de la oligarquía monopólica sobre el capitalismo tardío del desarrollo estabilizador mexicano, transformaciones caracterizadas, entre otras razones, por la dispersión de las grandes unidades productivas en pequeñas o medianas empresas altamente tecnificadas con menor composición orgánica de capital y muy rentables; por la tercerización de la producción de mercancías, aparentemente difuminando el fetichismo y la alienación que el hecho encierra; asimismo la tercerización de las relaciones de producción en donde no hay un patrón, sólo capataces y gerentes con lo que la lucha de clases se convierte en un fetiche; con esto, la flexibilización de las formas de contratar, que ha quedado de manifiesto con claridad con la nueva reforma laboral. Todo apuntando hacia la copia de un modelo de vida ajeno a nuestra cultura, pero impuesto a base de dosis diarias y sobrecargadas de un modo de vida americano repetido hasta el cansancio en programas de radio, cine, televisión y medios impresos (revistas y periódicos).

Esta hegemonía se ha impuesto sobre la base de concesiones y represión. La política ha tenido su correlato puntual en esta nueva forma de acumulación del capital en México. Al interior del grupo dominante se han presentado ajustes políticos importantes. Con el cambio del modelo económico accedieron al poder los nuevos gerentes del llamado neoliberalismo, quienes fueron imponiendo a los movimientos sociales, sobre los que ejercían influencia y control, especialmente sobre el movimiento obrero y las organizaciones campesinas, nuevos métodos, formas y orientaciones. Las dirigencias de los partidos, sobre todo del PRI quién tenía (tiene) dos poderosas organizaciones de masas bajo su control, y los panistas, aunque éstos sólo para acomodarse a la transición, fueron copadas por políticos que impulsaban estas nuevas tendencias organizativas.

El capital monopolista y el movimiento obrero, campesino y popular.

Es decir, al movimiento obrero se le maniata, se le obliga a aceptar las nuevas condiciones de explotación, con mayores ritmos de trabajo, con salarios exiguos y condiciones de seguridad social casi inexistentes, dejando que los cacicazgos locales asuman el papel de negociación, sin permitir expresiones de descontento a nivel nacional, atomizando las demandas y reivindicaciones. Junto con esta nueva dinámica a los sindicatos oficialistas, que con la llamada transición perdieron esta calidad, pero siguieron jugando un papel de correa de transmisión entre el nuevo modelo y los trabajadores, se les impuso la emergencia de un sindicalismo democrático que con nuevos liderazgos lograba avanzar demandas y formas unitarias de organización, lo que les permitía jugar un papel de contrapeso al viejo movimiento sindical.

Así, con la utilización de dos pinzas: la imposición de nuevas, “modernas”, formas de control político, de relaciones laborales y ritmos de explotación, así como la presión de un sindicalismo emergente que le disputaba espacios de lucha y negociación, se logró la reestructuración del sindicalismo mexicano. Los liderazgos emergentes lograron ocupar un rol en esta nueva división del trabajo y, siendo funcionales a los nuevos ritmos de explotación, se perpetuaron en el poder. Ahora resulta francamente difícil distinguirlos, juegan a fin de cuentas el mismo papel mediatizador, de control, en ambos permea la impunidad, la corrupción, por lo que en gran medida, las antiguas formas del sindicalismo democrático e independiente se han perdido.

Así, el nuevo sindicalismo mexicano ha evolucionado hacia una sumisión al capital, con poca resistencia, respondiendo con retraso a los acomodos de los ritmos de producción y a las nuevas formas de explotación sobre la base de las reformas a la Ley de Trabajo. Como ejemplo de la paralización del movimiento obrero está el hecho de que ante esta embestida del capital contra los trabajadores, las respuestas tímidas y vacilantes provinieron de sectores aislados, algunos cientos de pequeños sindicatos independientes, pero el grueso de la clase trabajadora fue contendía por sus dirigencias. O en el caso de la Reforma Educativa, el sindicalismo magisterial sometido por un cacicazgo añejo, no se movilizó antes de su aprobación, por el contrario, en la Cámara de Diputados, el partido político que supuestamente los representa, el Partido Nueva Alianza, voto a favor de la reforma. Antes de ser detenida Elba Esther Gordillo llamaba a “movilizaciones” en contra de la Reforma cuando ya estaba sancionada, aprobada y puesta en práctica, lo que demuestra una vez más el oportunismo de la dirigencia magisterial y la ausencia de representación de los verdaderos intereses de los maestros.

Con el movimiento campesino, las cosas han sido peores. El capital monopolista fomentó la agroexportación como modelo de producción del campo. Se abandonó la autosuficiencia alimentaria, se abrió al mercado mundial la compra de alimentos, dejamos de ser autosuficientes en maíz, arroz y frijol, alimentos centrales de la canasta básica, se impulsó el surgimiento de un nuevo sujeto social: el trabajador agrícola, para ocupar, en condiciones casi de esclavitud, a los campesinos pobres que ya no podían trabajar sus tierras; se desmanteló la estructura de apoyo financiero y crediticio a los pequeños y medianos campesinos (Banrural, Fira, Anagsa, etc.) abandonándolos al cálculo mercantilista de las condiciones que les impusieron los grandes bancos. La oficial Confederación Nacional Campesina (CNC) prácticamente desapareció. La pobreza en el campo creció con desmesura y los pocos movimientos reivindicativos que se expresaron se nuclearon alrededor de la defensa de la tierra acosada por los grandes empresarios agrícolas exportadores de alimentos.

El movimiento del “barzón” que logró aglutinar lo mismo a campesinos pobres que a agricultores medianos, fue la única expresión con algún sentido de integración y organización más allá de lo local. Sin embargo, conforme los integrantes del movimiento fueron logrando acuerdos con las bancos, recuérdese que su principal demanda era la incapacidad de sus miembros para pagar los altísimos intereses que les cobraba el sistema financiero privado, el movimiento fue perdiendo fuerza y presencia nacional, sólo quedó como expresión local en algunos estados.

Las organizaciones campesinas democráticas e independientes, como la CIOAC, CPA, UNTA, etc., no han logrado aglutinar sectores de trabajadores agrícolas o campesinos medios y pobres, porque poco han estudiado y entendido el cambio en el proceso de acumulación de capital en el campo mexicano. Se han movilizado esporádicamente, pero sin programa, si alternativas y están en la práctica desaparecidas, aunque existen, tienen cierta infraestructura, pero en el terreno organizativo y de movilización no pesan, o en todo caso se han vuelto funcionales a los gobiernos en turno, sean del PRI, PAN, PRD u otro.

Por su parte las organizaciones del movimiento urbano popular fueron también desarticuladas y absorbidas por los cambios en el modelo económico. El Programa Nacional de Solidaridad, cara democrática y popular del neoliberalismo y de la privatización, quitó las últimas banderas reivindicativas que portaban las organizaciones urbanas. La lucha por vivienda, servicios, seguridad, etc., fue rápidamente encapsulada en los “programas sociales” del gobierno federal y los masivos y combativos contingentes del movimiento urbano popular fueron desapareciendo, queda como vestigio inacabado de ellos el Frente Popular Francisco Villa, arrinconado en sus pocos bastiones de vivienda y con muy poca capacidad de movilización, aunque con un potencial de base capaz de detonar y/o acompañar movimientos reivindicativos en el DF y en algunos estados de la República.

Por lo que corresponde a otro sector de la población, mismo que casi siempre ha levantado banderas por la lucha social y las reivindicaciones de clase, y que ha desarrollado momentos importantes en la transformación del país, el estudiantil mantiene su reflujo desde hace más de 20 años. El último movimiento masivo importante de este sector se desarrolló en 1986, durante la que paralizó por más de seis meses a la UNAM. Las movilizaciones a las que convocó el CGH, aglutinaron a sectores populares y del movimiento urbano. Sin embargo, una vez que el CGH llegó a un acuerdo con las autoridades de la UNAM, el movimiento estudiantil regresó a las aulas y entró en un reflujo del qué despertó levemente en 2012. Después de la huelga del 86, los principales líderes del CEU fueron cooptados por los gobiernos del PRD en la ciudad de México, convirtiéndose en funcionarios, diputados y asambleístas, olvidándose del movimiento estudiantil, bueno en realidad de cualquier otro movimiento que no fuera el de sus luchas por más puestos y prebendas.

El “#yo soy 132”, si bien realizó importantes movilizaciones en la ciudad y algunas ciudades del país, no logró consolidar un movimiento estudiantil más allá de la reivindicación por la apertura de los medios, la fiscalización electoral y su llamado a detener la imposición del candidato del PRI. Pero no logró estructurar una agenda propio como movimiento de los estudiantes: defensa de la Universidad pública, mayores presupuestos, mayor calidad en los planes estudios, mejor equipamiento de laboratorios, etc. Lo anterior porque surgió de Universidades privadas, poco podía generar para movilizar a los cientos de miles de jóvenes que acuden a las universidades públicas. Los partidos, los medios de comunicación y la ausencia de alternativas y consignas propias han desvirtuado este germen de movilización de los estudiantes.

Así, el movimiento social cambió de sujeto, ahora ya no fueron las grandes movilizaciones obreras y campesinas del siglo pasado, agrupadas en potentes sindicatos nacionales y organizaciones campesinas y populares de masas. Ahora son una multiplicidad de grupos, organismos que multiplican y en muchas ocasiones pervierten la demanda social.

El “nuevo” o “moderno” sujeto social.

“Lo ciudadano” paso a ocupar, para los teóricos del neoliberalismo, incluidos una gran cantidad de renegados de la izquierda y del marxismo, el “sujeto social”. En la discusión del nuevo sujeto histórico, permea entre los intelectuales, cercanos, alejados o enemigos de los trabajadores, la tendencia a negarlo para reemplazarlo por la nada, es decir, por una proliferación de multiplicidades sin sentido de organización, sin cadenas que los articulen, sin identidad colectiva, sin conciencia de clase, sin capacidad para expandir sus movimientos y reivindicaciones aprovechando las experiencias vividas.

La reivindicación inmediata, el logro de una “mejor democracia”, sin importar los costos que los trabajadores, sujetos al fin de las imposturas del capital, tengan que pagar para aparentar una sociedad de iguales, se ha convertido en el discurso favorito de la modernidad. El posmodernismo, lo “post”, en general es la sublime perorata de los intelectuales reciclados con los nuevos-viejos filósofos. Los intelectuales que simpatizaban con el socialismo pero que no eran marxistas, la inmensa mayoría de ellos, que ahora dictan opinión, escriben libros sobre la lucha social y cobran sin rubor en las agencias del gobierno, se asemejan en el discurso, métodos y maneras de hacer análisis a los llamados “nuevos filósofos” franceses, que pasaron de la militancia de izquierda a la crítica del marxismo, declarando su muerte, declarándola “filosofía del gulag”, para terminar apoyando al neoliberalismo, no sin cierto barniz socialdemócrata.

La lucha social ha transitado de la general a lo “local”, en la hermenéutica posmoderna lo orgánico es la reivindicación compactada, comprimida a uno o dos temas: “nadie puede hablara por los demás”, “toda idea de representación colectiva es totalitaria” es la consigna de las ONG´s de la posmodernidad, posmodernidad a la que se ha sumado con inaudita alegría el neozapatismo. El neoliberalismo tolera, es más, fomenta las reivindicaciones más generales (culturales, étnicas, de minorías, ambientales) siempre y cuando se sometan a las reglas de “participación democrática” y se mantengan en los límites de lo “local” y sin atentar contra el modelo de producción.

Temas como la ciudadanización, las luchas por preservar el medio ambiente, la defensa de los derechos humanos, el movimiento de los “okupas”, la reivindicación por acceder a información transparente del gobierno, el acceso a los medios de comunicación, etc., son realizadas desconectadas, sin vínculos orgánicos entre ellas, sin criticar al sistema de producción vigente. En ocasiones contribuyen a generar mayor desánimo entre la población, confusión de demandas y reivindicaciones. Las llamadas “redes sociales” son utilizadas para desorientar, desorganizar, mandar mensajes de confusión y/o de miedo, no son instrumentos, hasta ahora para la movilización social y la toma de conciencia. Estas manifestaciones, luchas y movilizaciones contenidas y esporádicas sufren de fetichismo y fomentan la alienación ya que no rebasan los límites del pensamiento cosificado en su misma integralidad, son manifestaciones aisladas, con reivindicaciones que con facilidad son manipuladas ya sea a través de los medios de comunicación o en los círculos de los intelectuales y clase política en general.

Así, el capitalismo tardío mexicano ha entrado, con el neoliberalismo, en la etapa de la posmodernidad, en la era de la modernización. Todo es “moderno”. Se moderniza la política, vendiendo al mejor postor candidaturas e ideología; se modernizan las instituciones como el IFE, en donde ante la desfachatez de su conducta, el consejero priista Sergio García Ramírez tiene que renunciar al cargo; se modernizan los organismos (PEMEX, IMSS, ISSSTE, etc.). Así, se “modernizó” el abasto de energía pasando por encima de los derechos de más de 40 mil trabajadores, despojándolos de un ingreso digno; se “modernizará” PEMEX permitiendo la inversión privada, priorizando a la extranjera, en áreas estratégicas, e imponiendo a los trabajadores condiciones y ritmos de trabajo de mayor explotación e inseguridad (el estallido del 1 de febrero no ha sido el único fallo en la seguridad de la paraestatal); se ha “modernizado” el sistema financiero, extranjerizando la banca y permitiendo el anclaje a modo de capitales volátiles a costa de las cadenas productivas, verdaderas generadoras de empleo y crecimiento.

El neoliberalismo de la posmodernidad, es una nueva forma de hegemonía en donde los reclamos, las protestas y las reivindicaciones de los grupos sociales mayoritarios que están siendo gravemente afectados por este desarrollo, se integran, se diluyen, se mediatizan. El neoliberalismo apunta sus estrategias a neutralizar todo intento de que se desarrolle en el seno de los dispersos movimientos sociales cualquier tipo de organización revolucionaria. Se busca que todo quede en lo local, en lo reivindicativo, o mejor, que se dirijan los reclamos y protestas en el moderno camino electoral.

La izquierda y el capital monopolista.

La izquierda ha sido funcional a esta estrategia. Qué mejor que tener a los “inquietos” y contestatarios sumidos de lleno en la lucha electoral, en la conquista de puestos, posiciones, canonjías y privilegios, viéndose políticamente correctos, asumidos o mejor dicho subsumidos como parte de una izquierda no violenta, dialogadora, “moderna” o mejor dicho posmoderna.

La izquierda, y no sólo la “izquierda institucional”, sino toda la izquierda en general, ha perdido la batalla ideológica con el capital y la burguesía. Ha dejado de representar, a los ojos del pueblo en general y de su capa más combativa: los trabajadores, los valores de la ética, de los principios, de una ideología firme y combativa, de la dignidad y el combate a la corrupción. Valores que la han caracterizado históricamente en la lucha por superar las contradicciones insolubles de un sistema de producción irracional, insensible, bárbaro, alienado, que la han alejado de la ruta para construir una sociedad con igualdad, justicia social, sin explotación, sin fetichismo, sin alienación, sin clases sociales.

La izquierda parlamentaria, la izquierda “oficial” o “institucional”, digamos la “neoizquierda”, no tiene memoria histórica. Y en esta ausencia quiere representar y representarse ante los sectores sociales y el pueblo en general, como sí de tras de ella sólo hubiese existido el “Cuahutemismo”, es decir la burguesía nacional, que arrastra un nacionalismo revolucionario posmoderno con el que ha reabsorbido las demandas y la lucha por el socialismo. Y esta afirmación de la ausencia de memoria histórica de la neoizquierda no sólo es heurística, tiene que ver con el rol que ésta cumple en el proceso de acumulación del capital y el proyecto neoliberal. Porque mientras la neoizquierda se debate en la firma de pactos y acuerdos públicos y en lo “oscurito” con los nuevos gerentes del neoliberalismo, la desigualdad, la pobreza y la marginación crecen en México.

A pesar de que las evidencias físicas y cuánticas de la existencia de una sociedad de clases son rotundas y dramáticas, cuando la neoizquierda niega la lucha de clases desaparece al sujeto histórico, el único que por su ubicación en el proceso de producción de mercancías puede encabezar la tarea de remontar las contradicciones del capitalismo: los trabajadores y sus aliados, y con él niega su historia y la crítica al capitalismo no como una sociedad de iguales, democrática, moderna, de avanzada, como la pregonan los dirigentes neoizquierdosos a coro con los gerentes del neoliberalismo y sus corifeos en la prensa y las revistas de opinión, no, todo lo contrario, esa cara moderna que nos quieren presentar esconde a un sistema de dominación, de explotación inmisericorde, con un modo de vida para las mayorías condenado a la mediocridad, un modo de vida mercantilizado, comercializado, cosificado.

La neoizquierda no tiene ideología, esta otra ausencia es sólo la legitimación metafísica de su impotencia política. Han transmutado la ideología, las propuestas de cambio social y la lucha por una sociedad sin clases, en la ontología del mercado. Han convertido al mercado, como los gerentes neoliberales y sus teóricos, en el nuevo fetiche: el fetichismo del mercado. Convirtiéndose así, en fieles defensores de las teorías del posmodernismo y tienen entre sus filas a “compañeros de ruta” como el conocido “teórico del fin de la historia” y funcionario del Departamento de Estado de los EUA, Francis Fukuyama.

Para la neoizquierda las contradicciones del capitalismo, la desigualdad, la pobreza, la enajenación, la explotación, son sólo consignados como meros hechos administrativos, sancionados para vivirlos así, de por vida, y sólo buscan “atenuarlos”, esperando encontrar en el dios-mercado los mecanismos del equilibrio natural de las cosas. Luchan por una democracia más moderna, cosa que es saludada por todos y los coloca como una izquierda “moderna”, dialogante, políticamente correcta.

Así, cuando el neoizquierdismo se vincula con los movimientos sociales, o se asoma a alguna lucha reivindicatoria, lo hace solo cuando éstos aportan cuotas, votos o rendimientos políticos para continuar “su lucha desde las tribunas”, o cuando son funcionales a los intereses de las cúpulas. Pero siempre son mantenidos en el ámbito de lo mediático, de lo local, cerrados en su micro espacio, casi en probeta, sin que se contaminen con ideas revolucionarias, porque entonces son calificados de retrógrados, de antediluvianos, de hombres de las cavernas, o lo menos de “poco modernos”.

La lucha por el socialismo.

Las condiciones y los ritmos de explotación se han incrementado. La enajenación y alienación, permiten que los ciudadanos, trabajadores y clases medias en general tengan la sensación de que sólo trabajando sin protestar su situación puede, si bien no cambiar, cuando menos no deteriorase. La mayoría de los mexicanos vivimos encadenados a la ilusión de un futuro promisorio, ahora ya no en el paraíso, sino en las dulces y quiméricas ensoñaciones de una sociedad “mejor”, más moderna, democrática y de igualdad. Pero ello, todos tenemos que sujetarnos al control del capital y sus superestructuras ideológicas y de mediatización. No protestar, no organizarse, no luchar por nuestros derechos y reivindicaciones, eso es lo que demanda la modernidad burguesa; eso es lo que se requiere para avanzar cómo país, eso es lo que pide a gritos la neoizquierda. Lo demás son ideas que atentan contra la unidad nacional, quien esté contra el Pacto está contra México. Reminiscencias de un pasado que regresa, con una nueva máscara: “modernidad”, “ciudadanización del espacio de la lucha social”, “democracia moderna”, pero con las mismas garras y el mismo espíritu explotador y represivo.

Las contradicciones cada vez más agudas del modo de producción capitalista, arrojan resultados catastróficos para la vida de los seres humanos. En la irracional búsqueda de la ganancia al capital no le importan los derechos humanos, ni la dignidad de los pueblos indígenas, ni los derechos de los trabajadores a salarios dignos, a seguridad social y laboral, tampoco le interesa dotar de vivienda digna con servicios y condiciones adecuadas para vivir que demandan millones de mexicanos; tampoco está en su agenda la preservación del medio ambiente, ni el respeto a los derechos de las minorías o de los ciudadanos con diferentes preferencias sexuales. Pero estas reivindicaciones sí están en la agenda de cientos de grupos y organizaciones, de miles de ciudadanos, que tratan de oponerse a la barbarie que significa este modo de producción, hoy aislados, sin espacios, sin acceso a los grandes medios de comunicación. Lo que se requiere es potenciar sus luchas locales, uniéndolas a través de la construcción de espacios de encuentros en donde los movimientos, los ciudadanos, los trabajadores conozcan experiencias de luchas y organización.

La búsqueda de espacios comunicantes, de formas de organización que liguen a movimientos, dirigentes, grupos y organizaciones políticas revolucionarias, constituye la agenda básica de un movimiento que rebase lo reivindicativo, que instale en sus banderas la tarea de encontrar los métodos, las acciones, las consignas, las ideas, la ideología que remonte la dispersión y encabece la lucha para quitar la venda y las amarras que el sistema de dominación ha impuesto.

Los comunistas decimos, es importante y fundamental la lucha reivindicatoria, ahí estamos, ocupando los primeros puestos, es necesaria la organización democrática, independiente y combativa de los movimientos sociales y de los trabajadores, la impulsamos con entusiasmo, pero es de igual importancia acceder a la teoría revolucionaria, no podemos rebajar el nivel de lo cotidiano como tema central de nuestro quehacer. Tenemos que luchar para remontar la enajenación y la alienación, tenemos que dar la lucha ideológica para ayudar a los movimientos y los sectores sociales en lucha en la tarea central que es la lucha contra el capital, contra explotación, contra la barbarie de la ganancia, en la lucha por una sociedad sin clases sociales, en una sociedad socialista-comunista.

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