02 | 07 | 2022

El marxismo y la izquierda actual.

Federico Piña Arce

Grupo José Revueltas

El pensamiento, las ideas, el método, incluso la figura y la vida personal de Carlos Marx ha estado en cuestión desde hace muchos años. En México existen dos campos diferenciados respecto a este tema: el campo del marxismo, propiamente dicho, con tres tendencias principales y el campo de la llamada “izquierda”. Por lo que respecta al primer campo, una tendencia de plano declara su extinción, señalando que el marxismo en México se ha convertido en una lengua extranjera, sin traducción posible, incluso “habrá que pensar en otra cosa”, aseguran.

Una segunda tendencia sigue anclada en el pasado. Aferrada en escribir, pensar, leer y entender los acontecimientos políticos, económicos y sociales desde una óptica cerrada, en clave, con dialectos y mensajes obsoletos, que poco ayudan a desarrollar teorías, propuestas y análisis. Reivindican un marxismo talmúdico, inamovible, pseudocientífico, hablan como poseedores de la verdad absoluta, pero no atinan a proponer nada que permita el desarrollo y la organización independiente de los trabajadores y asalariados.

Una tercera tendencia, por el momento la menos numerosa, insiste en utilizar el método y algunas ideas centrales del pensamiento de Marx, desechando lo que por tiempo, evolución y fracasos es obsoleto y anacrónico. Esta tendencia se insiste en considerase marxista aún a pesar de Marx. Busca, a través de una lectura crítica de los escritos de Marx, nuevos caminos, otras alternativas, pero con la idea de ubicar senderos aptos para la organización de clase y la transformación revolucionaria de la sociedad.

De los críticos del marxismo los hay de todos colores y sabores. Desde los que a través de las armas trataron de hacer la crítica del sistema capitalista, hasta los economistas y políticos enganchados en la defensa del capitalismo. De los primeros hay que reconocer su honestidad y valentía para enfrentar desde cero a un régimen consolidado con una economía en crecimiento, con un sistema político sólido, con una sociedad que aceptaba el destino que el priismo marcaba a paso cansino del garrote y la zanahoria. Sin embargo, al leer sus documentos, sus historias, ahora contadas en varios libros, es evidente que poco permeaba el espíritu crítico del análisis marxista en ellos. Existía un dejo lejano de reminiscencias populistas, más de un blanquismo trasnochado revuelto con el voluntarismo propio del bakuninismo de la posmodernidad que del análisis crítico que otorga una lectura rigurosa de los textos centrales del viejo Marx.

De ahí que no sea extraño que sus textos de crítica estén llenos de lugares comunes, de frases hechas, de tópicos que se han venido manipulando desde hace más de cincuenta años. Insisten en escribir, casi sin saberlo, en clave marxista, a pesar de que reniegan de su método. Pero que en realidad no elaboran una crítica del marxismo desde Marx, sino de las lecturas en las que sus seguidores lo interpretaron a su manera. Dicen buscar nuevos caminos, explorar nuevas hipótesis, tratan de avanzar en una nueva forma de entender, piensan en otra cosa, pero no producen nada. Porque en última instancia su fin radica en justificar su paso a un lado, hacia otro camino, hacia el tránsito de un sendero distinto, quizá no tan opuesto al que transitaron de jóvenes.

Con relación al campo de la llamada “izquierda”, lo cierto es que con el triunfo de la contrarrevolución en la extinta Unión Soviética y el bloque de “estados socialistas”, así como la destrucción del muro de Berlín como un hecho simbólico y de “boom” de medios masivos de comunicación, las corrientes, partidos y organizaciones que reivindicaban una ideología que se decía marxista pero que en realidad reproducía una abigarrada composición de lemas, ideologías, conceptos y acciones, que van desde el positivismo, hasta el blanquismo, experimentaron también una metamorfosis que aún no termina de materializarse en una forma organizativa, ideológica y programática que les permita encontrar nuevos rumbos, mecanismos de organización y renovación de consignas y mensajes.

El resurgimiento de la socialdemocracia, la llegada de una buena cantidad de partidos europeos al poder en ese continente y el posterior desarrollo de la llamada “tercera vía”, permitió a muchas organizaciones de “izquierda” situarse en ese nicho ideológico, que busca mantener un equilibrio entre “lo mejor del capitalismo y lo mejor del socialismo”, aunque sus dirigentes más connotados nunca explicaron que sería lo mejor de cada término y como combinarlo en un ejercicio de poder.

Las experiencias de Inglaterra, Alemania, España, Finlandia, Holanda, que fueron las que tuvieron mayores repercusiones mediáticas, demostraron que esta aspiración quedó sólo en el papel, ya que sus resultados sobre todo en materia de política social, seguridad y combate a la pobreza sólo igualaron, (aunque en algunos países empeoraron) lo que desarrollaron los partidos conservadores y de derecha en esos países.

Así que la pretendida armonización de “lo mejor de lo mejor”, sólo quedo en los escritos, muy elaborados, bien recibidos en los círculos intelectuales, en muchos sectores de las burguesía y pequeño burguesía, pero sin que ello significará alternativas de solución para las demandas más sentidas de los trabajadores y asalariados de sus países.

En México, la mayoría de los grupos, organizaciones y partidos que, por generalizarlos les llamaremos de “izquierda”, y que tenían como objetivo general, en ocasiones muy general, la lucha por el socialismo, se decantaron también. Muchos grupos de izquierda que en la década de los ochenta aún defendían en sus tesis programáticas los términos: “marxismo”, “leninismo”, “dictadura del proletariado”, “socialismo”, etc., buscaron rápidamente transmutar sus objetivos y contenidos por algo “diferente”, “nuevo”, aunque pocos, muy pocos, atinaron a definir estas nuevas palabras.

Hoy, o se es “socialdemócrata”, es decir, de izquierda dialogante, sensata, bien vista por la burguesía; o todo lo contrario, se es izquierda vociferante, violenta, dogmática, una izquierda que ha cambiado de caudillo según como le convenga a sus intereses, pero siempre presentándose como intransigente, impositiva, dispuesta a inmolarse para defender a la patria, a la nación, a sus bienes, administrar al estilo juarista, etc., etc. ¿pero que tiene que ver esto con la transformación revolucionaria, con la organización de los asalariados, no para llevarlos como carne de cañón a un mitin a oír al tlatoani en turno, sino para capacitarlos, para prepararlos para la lucha contra el capital?, nada.

Para unos se trata de administrar lo mejor posible, formar gobiernos “eficientes”, que sirvan a “todos”, claro principalmente a los detentadores de los medios de producción; para los otros se trata de regresar el carro de la historia, de “salvar a la nación, a la patria” ¿cuál nación, cuál patria, la patria de la burguesía, de los oligarcas como Slim? De eso se trata. Ni de izquierda, ni revolucionarios.

Esta izquierda, antes solo representada por el PRD y ahora también por el partido de AMLO, no es la única, pero sí la que tiene recursos, imagen mediática, poder político e infraestructura que le permite preservar sus cotos de interés, sus privilegios. La etapa actual en México está caracterizada por la lucha para abrir mayores espacios, por consolidar las libertades democráticas arrancadas al sistema.

La izquierda partidaria está ensimismada, regodeándose en su propio cretinismo parlamentario, pero no está en su agenda la defensa de estas libertades democráticas Esta izquierda lucha por una interpretación muy sui generis de democracia, en todo caso lucha por “su” democracia, una que le permitirá mantener sus privilegios, sus canonjías, sus cotos de poder. Pero a la larga será una “izquierda” incapaz de defender las conquistas más generales de amplios sectores sociales, simplemente porque está alejada de ellos. También porque su organización, sus estructura y su militancia esta sólo preparada para la actividad electoral. Las burocracias partidarias han generado una vida propia, que casi siempre se impone y devora cualquier intento de cambio y renovación.

Por otro lado, se mantienen y al parecer cobran nueva relevancia grupos que intentan reproducir los viejos y fracasados esquemas de la vieja izquierda marxista-leninista-guevarista. Estos grupos están abonando, con su proceder, a favor del endurecimiento del sistema de dominación capitalista. No son opción de futuro, de renovación del discurso.

Sus prácticas blanquistas, sólo reproducirán las luchas heroicas, pero inservibles que arrojaran, nuevamente en un río de sangre los cuerpos de cientos de mexicanos que anhelan una sociedad diferente, que luchan contra la deshumanización del sistema capitalista, pero, por su voluntarismo, no encuentran los caminos adecuados porque se niegan a prepararse, a capacitarse, a estudiar para encontrar las vías de renovación, que les permita acceder a métodos que sean efectivos en la lucha, pero sobre todo en la preparación y en la adquisición de experiencia de los trabajadores y asalariados para la transformación revolucionaria del sistema de dominación capitalista.

Por el lado de la “izquierda” parlamentaria, ha reproducido una estructura burocrática de “especialistas” en el tema electoral, en la organización para estos eventos, que recurre sin rubor a las prácticas del corporativismo priista más execrables, que utilizan los recursos de sus gobiernos para “movilizar” y organizar a ciudadanos. Esta izquierda sólo está interesada en mantener los privilegios obtenidos, alejada de las demandas más sentidas de los asalariados.

Es una izquierda pragmática, sin principios, sin programa, pero que se ha adaptado muy bien a las dinámicas del desarrollo del capitalismo de nuestra época. Ha gobernado, gobierna y gobernará con la aceptación de la burguesía nacional y sus afluentes regionales y estatales. Gobierna con el objetivo declarado de desarrollar “gobiernos eficientes”, garantizar la gobernabilidad y asegurar la reproducción del sistema en las mejores condiciones. Esta izquierda compite sólo para demostrar a los detentadores de los medios de explotación que son una “opción de gobierno”, pero para el movimiento de transformación revolucionaria no representan una opción de cambio.

Es, por el contrario, una opción política colaboracionista. La firma del llamado Pacto por México, demuestra que la opción de “izquierda” que el PRD representó en su origen se ha terminado. Aunque sus principales alentadores tratan de presentar al Pacto como una especie de “Frente Popular” (obviamente sin decirlo con todas sus palabras), para “detener al neoliberalismo”, pero que representa en realidad una reproducción de la vieja Alianza para el Progreso de los años 60, que los gobernantes norteamericanos urdieron para contrarrestar y mediatizar la influencia que la revolución cubana estaba desatando en el Continente.

Igualmente, la firma del Pacto, se convierte en una alternativa para mediatizar las demandas de los trabajadores y asalariados, de los grupos más vulnerables, de las organizaciones de la clase media que se ven golpeadas por la severidad de las crisis capitalistas. Es un escudo político que la partidocracia ha estructurado para canalizar los reclamos sociales ante una eventual agudización de la crisis en los EU, que repercutirá con fuerza inusitada sobre las capas sociales más vulnerables y mayoritarias de la sociedad. Así, ni la “izquierda” partidaria, ni la vieja izquierda marxista-leninista-guevarista tienen elementos, organización, programa y objetivos para enfrentar este embate capitalista.

La lucha de clase está ahí, en las calles, en las escuelas, en los comercios, en las industrias, en el campo, pero la “izquierda” mexicana no la ve, la niega, se voltea disimulada ante el incremento de la explotación y ante la arremetida de la burguesía y sus aparatos de dominación para cercenar derechos.

Ante esto, sostenemos que es factible iniciar un camino en la búsqueda de una alternativa. Es el momento de la reflexión, el debate de las ideas, de recuperar ideologías y debatirlas abiertamente, sin hipocresías, sin miedo. Decirse marxista no debe ser una afrenta, por el contrario, debe constituirse en una distinción. Por eso llamamos a todos aquéllos, mujeres y hombres, adultos y jóvenes a iniciar la construcción de un camino propio, independiente de los grupos de interés, de las cúpulas aristocráticas de las dirigencias partidarias. Los llamamos a buscar los mecanismos a través de los cuales los marxistas revolucionarios podamos expresar nuestras opiniones, defender las causas que dieron origen históricamente a nuestro movimiento, que cómo el viejo topo escarba y sale a la luz y llama a la lucha combativa.

 

Un camino propio que permita la restauración de la autoridad moral, la dignidad, los principios, el combate a la corrupción, la lucha ideológica, el debate, la formación de cuadros, la militancia genuina y real. Un camino que reconozca los errores del pasado mediante una profunda autocrítica. En eso pretende constituirse nuestra organización el Partido Comunista de México.

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